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Cuando observamos nuestra Naturaleza circundante, descubrimos que
los niveles inanimado, vegetativo y animado de la Naturaleza están
todos impulsados por instintos inherentes. Sus acciones no son
consideradas como buenas o malas, ya que estas creaciones
simplemente siguen las reglas imbuidas dentro de ellas, en armonía
con la Naturaleza y entre sí mismas.
Sin
embargo, si observamos la naturaleza del hombre, encontraremos que
es esencialmente distinta al resto de la Naturaleza. El ser humano
es la única criatura que puede disfrutar de la explotación de los
demás o de la búsqueda de la soberanía sobre otros. Sólo el ser
humano recibe placer de ser único y superior a los demás, y por lo
tanto, es el único que infringe el balance de la Naturaleza con su
deseo de recibir placer, su egoísmo.
Este
deseo de recibir placer, el cual es la base de nuestra esencia, fue
desarrollándose en nosotros con el tiempo. Su primera manifestación
surgió con los deseos sencillos, como el de comer, reproducirse, y
experimentar la vida familiar. La apariencia de aún más avanzados
deseos, como el anhelo por la riqueza, el honor, la soberanía y los
conocimientos, promovió la evolución de la sociedad humana y su
estructura social: la educación, la cultura, la ciencia y la
tecnología. La humanidad marchó hacia adelante orgullosamente,
creyendo que el progreso y el crecimiento económico nos satisfarían
y nos harían más felices. Lamentablemente, hoy en día estamos
empezando a darnos cuenta que esta larga evolución ha llegado a un
estancamiento.
Éste
se debe a que nuestro deseo de recibir placer no puede permanecer
satisfecho por mucho tiempo. A todos nosotros nos ha pasado, al
menos una vez, que teníamos un gran anhelo por algo, deseándolo a
veces por años. Pero al recibirlo, el placer se desvaneció
rápidamente, el vacío volvió y nos encontramos a nosotros mismos
persiguiendo nuevas metas, con la esperanza que éstas nuevas nos
traerían la satisfacción anticipada.
Este
proceso ocurre en ambos niveles, en el personal y en el de toda la
humanidad.
Ahora que hemos acumulado suficiente experiencia, por miles de años,
tenemos bien claro que no sabemos cómo llegar a una felicidad
sostenible, o aunque sea, a una seguridad interna básica. Estamos
desconcertados. Este fenómeno está en la base de las crisis y
desafíos que nos afligen.
Aún
más, la predilección humana egoísta y natural de perseguir los
placeres egocéntricos a costa de los demás se ha intensificado con
el paso del tiempo. Hoy en día, las personas intentan más que nunca
forjar su éxito basándose en la ruina de los demás. La intolerancia,
la alienación y el odio han llegado a nuevas y horrendas alturas,
poniendo en peligro la propia existencia de la especie humana.
Cuando observamos la Naturaleza, vemos que todas las criaturas
vivientes están construidas para seguir el principio del altruismo o
preocuparse por los demás. Este principio es fundamentalmente
diferente al que parece motivar a los seres humanos.
Las
células dentro de los organismos se unen en una entrega recíproca
con el propósito de sustentar el cuerpo entero. Cada célula en el
cuerpo recibe lo que necesita para su subsistencia, e invierte el
resto de sus energías sirviendo al cuerpo entero. En cada nivel de
la Naturaleza, el individual trabaja para beneficiar el total del
cual él forma parte, y en ello encuentra su propia sensación de
plenitud. Sin las actividades altruistas, el cuerpo no puede
persistir. De hecho, la vida misma no puede perdurar.
Hoy
día, después de múltiples investigaciones en campos diversos, la
ciencia está llegando a la conclusión que la humanidad, también, es
en realidad un solo cuerpo íntegro.
El
problema radica en que nosotros, los seres humanos, contrariamente
al cuerpo vivo, seguimos ignorando esta conclusión, actuando en
contra del cuerpo íntegro de la humanidad. Al fin y al cabo,
tendremos que despertar y entender que los problemas que ofuscan
nuestras vidas actuales no son producto de la coincidencia, ni
tampoco pueden ser resueltos por ningún medio que conocemos del
pasado. Estos problemas no van a desaparecer, sino que van a
empeorar hasta que cambiemos la dirección y comencemos a funcionar
de acuerdo a la ley comprehensiva de la Naturaleza, la ley del
altruismo.
Cada
fenómeno negativo de nuestras vidas, desde el más específico hasta
el más general, proviene de la transgresión a las leyes de la
Naturaleza. Lo tenemos bien claro; si saltamos de un edificio alto
nos heriremos, ya que sabemos que en tal caso estaríamos actuado en
contra de la ley de la gravedad. Lo que no nos queda claro es que
nuestra vida dentro de la sociedad humana y las relaciones entre
nosotros, también son manejadas por leyes absolutas. De tal manera,
debemos parar, hoy día, y examinarnos a nosotros mismos, para ver
dónde estamos transgrediendo las leyes de la Naturaleza y encontrar
la manera correcta de vivir. Todo depende de nuestra conciencia,
únicamente: cuanto mejor conozcamos el sistema de la Naturaleza,
menos sufrimientos experimentaremos, y más rápido evolucionaremos.
En
los niveles inanimado, vegetativo y animal, el altruismo es
inherente como ley de existencia. Pero a nivel humano, nosotros
mismos debemos formar ese tipo de relación. La Naturaleza lo ha
dejado en nuestras manos con el fin de que podamos elevarnos a un
nuevo y exaltado nivel de existencia, el cual podremos alcanzar
siguiendo las huellas de la Cabala.
*El
Rav Dr. Michael Laitman es máster en ciber-nética, doctor en
filosofía y Cabala, profesor de ontología y teoría del conocimiento.
Es fundador y presidente de Bnei Baruj y del Instituto ARI, en
Israel. Más información en:
www.kabbalah.info.
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