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La Nación

En 1940, con el último dinero que le quedaba, Baal HaSulam público lo que él había planeado que sería un periódico bisemanal titulado "La Nación". Esperaba, de esta forma, atraer la atención a la resolución de los problemas de la existencia. Han pasado ya sesenta y seis años, casi sesenta y siete,  desde entonces y nuestra situación no ha mejorado:  ha empeorado y se torna siniestra.

En el apéndice, presentaremos  los dos ensayos que se publicaron en el periódico, Nuestra dirección y El individuo y la nación, que versan sobre la unidad de la nación. Esperamos que la diseminación de las palabras de Baal HaSulam contribuya a unir las facciones de la nación alrededor de la realización de nuestro destino y garantizarán nuestro bienestar y futuro.

La primera página de La Nación. La copia completa se encuentra en el libro (en hebreo)  La última generación, páginas 399-422, del doctor Michael Laitman

Nuestra dirección

Este periódico, La Nación, es una nueva creación que aparece en las calles judías: un periódico "multi-partidista". Y preguntarán ustedes, ¿Qué quiere decir un periódico multi-partidista? ¿Cómo es posible que un periódico pueda servir a todos los partidos en conjunto, a pesar de la oposición y los contrastes que existen entre ellos?

Ciertamente, es una creación que nació en medio de dificultades, tras duros y terribles dolores de parto, entre el veneno del odio que se instauró en las naciones para borrarnos de la faz de la Tierra, la destrucción de millones de nuestros hermanos; y aún se encuentran preparados para continuar. Su sádica inclinación no está satisfecha y la calamidad se duplica, pues no podemos engañarnos pensando que todo esto es tan sólo un fenómeno pasajero, transitorio, como todas nuestras experiencias pasadas en la historia, que si una nación nos expulsaba, encontrábamos otra como sustituta.

Sin embargo ahora las cosas son muy distintas. No solamente nos atacan al mismo tiempo por todos lados, sino que hasta las naciones más poderosas nos cierran las puertas sin miramientos, ni sentimientos de compasión o misericordia y de una manera tan despiadada, sin precedentes en toda la historia de la humanidad, ni siquiera en las épocas de mayor barbarie.

Está claro, a menos que confiemos en los milagros, que nuestra existencia como individuos o como nación pende entre la vida y la muerte. Y la salvación es, si logramos dar con la táctica requerida, esa gran maniobra que se encuentra sólo cerca del peligro, y que puede inclinar la balanza a favor nuestro: darnos refugio seguro aquí a todos los hermanos de la Diáspora, y que a decir de todos es, en el presente, el único sitio a salvo.

Entonces, el camino hacia la vida, se nos abrirá para de alguna forma continuar con nuestra existencia a pesar de las dificultades. Y si no aprovechamos la oportunidad y no nos alzamos como uno sólo, con el gran esfuerzo que se requiere en tiempos de peligro, para garantizar nuestra permanencia en la tierra, entonces los hechos ante nosotros se revelan muy amenazadores, pues las cosas evolucionan favorablemente para nuestros enemigos, que desean eliminarnos de la faz de la Tierra.

Está claro que se requiere un esfuerzo enorme, una unidad sólida como el acero en todas partes de la nación, sin excepción. Si no salimos como sólidas tropas hacia las fuerzas poderosas que se interponen en nuestro camino para herirnos, descubriremos que nuestra esperanza está perdida de antemano.

Y a pesar de todo eso, cada persona y partido se sientan y meticulosamente protegen sus posesiones sin concesión alguna. Y bajo ninguna circunstancia pueden, o para decirlo correctamente, alcanzarán la unidad nacional, tal y como exige de todos nosotros esta peligrosa época . Por consiguiente, estamos inmersos en la indiferencia como si nada hubiera sucedido.

Intenten imaginar si alguna nación nos mostrara la puerta, como ocurre con tanta frecuencia  en estos días. Es seguro que ninguno de nosotros pensaría sobre nuestras preferencias partidistas, pues los problemas nos integrarían dentro de una sola colectividad, ya fuera para defendernos o para empacar y huir,  por mar o por tierra. Si hubiéramos sentido que el peligro era real, sin duda estaríamos unidos correctamente y  sin ninguna dificultad.

Bajo estas circunstancias, un pequeño grupo de nosotros, de todos los estratos, se reunió; personas que sienten el espantoso látigo sobre sus espaldas, como si ya se hubiera materializado. Ellos han asumido la responsabilidad de publicar este periódico, del cual piensan que será una vía fidedigna de transmisión de sus sensaciones a toda la nación, a todas sus comunidades y facciones, sin excluir a ninguna. Al hacerlo, los contrastes y el partidismo intolerante quedarían anulados . O mejor dicho, se silenciarían y darían paso a lo que los precede, pudiendo todos unirnos en un sólo cuerpo, firme y capaz de protegerse en estos momentos cruciales.

Y aunque este peligro es conocido por todos,  por nosotros también, tal vez no ha evolucionado lo suficiente en el gran público, en su dimensión real. Si ellos lo hubieran percibido ya, desde hace mucho tiempo se hubieran sacudido el polvo del partidismo que está obstruyendo la unidad de nuestras filas. Si esto no es así, es tan sólo porque esta sensación aún no es compartida por muchos.

Por consiguiente, hemos tomado la decisión de publicar este periódico para montar guardia y prevenir sobre el problema explicándolo al público hasta que todos los elementos separatistas sean silenciados y podamos enfrentarnos a nuestro enemigo cerrando filas y dándoles cumplida respuesta.

Asimismo, estamos seguros que Israel no está solo, y entre nosotros hay quienes buscan los corazones y pueden proporcionar un plan efectivo que unirá a todas las facciones en la nación. Y por experiencia nos hemos dado cuenta de que precisamente esas personas se sientan en una esquina sin que nadie las escuche. En este periódico, estamos dispuestos a abrir un espacio a todo aquel que aporte una solución segura  que consiga unir  a la nación, para darle publicidad y que resuene entre el público.

Además de todo lo anterior, al publicar este periódico, aspiramos a defender nuestra antigua cultura milenaria, existente desde antes de la ruina de nuestro país. Deseamos revelarla y limpiarla de todo escombro acumulado sobre ella durante los años de nuestro exilio entre las naciones, para que se reconozca la naturaleza judía en su pureza tal y como era en aquel entonces. Esto nos proporcionaría la más grande de las recompensas, pues podríamos encontrar la forma de conectar nuestra situación de Diáspora con esos tiempos de gloria y redimirnos del sentimiento de estar alimentándonos de viñedos que no hemos plantado.

El individuo y la nación

El ser humano es un ser social. Nuestras necesidades básicas no pueden cubrirse sin la participación de los demás. De ahí que nuestra asociación con otros se haga necesaria para nuestra existencia. Este no es el marco para estudiar la formación de las naciones. Resulta suficiente estudiar la realidad tal y como se presenta ante nuestros ojos.

Es un hecho que el individuo no posee recursos para cubrir él sólo sus propias necesidades. Necesitamos de una vida social. De ahí que los individuos se vieran obligados a juntarse en una unidad denominada "nación" o "estado", en donde cada uno lleva a cabo su ocupación -  algunos en la agricultura, otros como artesanos. Y conectan a través del intercambio de sus productos. Así, se originaron las naciones, cada una con su propia naturaleza, tanto a nivel material como cultural.

Al observar estas manifestaciones de vida, comprobamos que el desarrollo de una nación es muy similar al de un individuo. La función de cada una de las naciones es como la que llevan a cabo los órganos que componen un cuerpo. Debe darse una armonía entre cada una de las partes de ese organismo: los ojos deben ver, y el cerebro, con su ayuda, pensar y consultar, entonces las manos podrán trabajar o luchar y las piernas caminar. Así, cada uno permanece en su puesto en espera de llevar a cabo su función. Del mismo modo, los órganos que componen el cuerpo de las naciones, los abogados, los patrones, los asalariados, los distribuidores, etc. deberían funcionar armoniosamente entre ellos. Esto es necesario para el desarrollo de una vida normal en la nación y para su segura existencia.

Al igual que la muerte sobreviene al individuo cuando desaparece la armonía entre sus órganos, la decadencia natural de una nación viene causada por una obstrucción que acontece entre sus órganos, tal y como nuestros sabios atestiguaron (Tosfot, Baba, Metzia, capítulo dos) Jerusalén fue destruida sólo por culpa del odio sin razón. En aquel tiempo, la nación sufrió corrupción y murió, y sus órganos fueron esparcidos en todas direcciones.

Por tanto, es una condición obligatoria para cada nación el estar fuertemente unida, y que todos los individuos que la componen sientan el vínculo del amor instintivo entre ellos. Es más, cada individuo debería sentir su felicidad personal en la felicidad de la nación, y su decadencia en la decadencia de la nación. Uno debería estar dispuesto a darlo todo por su nación en tiempos de necesidad. De lo contrario, su derecho a existir como nación en el mundo está abocado al fracaso desde el principio.

Esto no quiere decir que todos los miembros de la nación sin excepción deban ser así. Lo que esto significa es que la gente de esa nación, que sienten esa armonía, son los que conforman la nación; y tanto la cantidad de felicidad de la nación como su derecho a existir, se miden por esa cualidad. Cuando se ha llegado a un número suficiente de individuos como para que la nación cobre existencia, puede darse una cierta cantidad de miembros desprendidos que no se encuentren conectados al cuerpo de la nación en la medida anteriormente mencionada, pues los cimientos ya se encuentran asegurados sin necesidad de contar con dichos miembros.

De ahí, que en tiempos pasados era imposible encontrar una agrupación o una sociedad sin parentesco entre sus miembros. Esto se debe a que este amor primitivo, necesario para la existencia de la sociedad, se da únicamente en familias con descendientes que tienen un padre común.

Sin embargo, a medida que las generaciones fueron evolucionando, aparecieron sociedades conectadas bajo el término "estado", es decir, sin la existencia de parentesco o vínculos raciales. La conexión del individuo con el estado ya no consiste en una de tipo natural y primitivo, sino que nace de una necesidad común en la que cada individuo se une a la totalidad en un mismo cuerpo: el estado. Y es ese estado, con todo su poder, protege el cuerpo y las posesiones de cada individuo.

De hecho, esa transición en la que las generaciones fueron pasando de la nación natural a la artificial, de los vínculos originados por el amor primitivo a vínculos que tiene su origen en una necesidad común, no comporta ninguna de las condiciones necesarias dentro de un estado natural, racial. La norma se basa en que, así como todo individuo sano tiene un control completo sobre sus propios órganos en base al amor, dado que dichos organismos obedecen con gusto y sin ningún miedo a represalias, el estado debería dominar por completo a todos los individuos que lo componen en relación a sus necesidades generales, basadas en el amor y la devoción instintiva de los individuos hacia el colectivo. Esta es la fuerza más conveniente, válida para movilizar a todos los individuos hacia las necesidades públicas.

Sin embargo, una dominación basada en la coerción y el castigo resulta ser una fuerza demasiado débil como para movilizar a los individuos en la medida necesaria cuando se trate de salvaguardar las necesidades de la comunidad. Ésta, a su vez, resultará debilitada y no podrá llevar a cabo su cometido de salvaguardar y proteger la integridad física y las posesiones del individuo.

Y no nos referimos a la forma de gobierno - autocrático, democrático o colectivo: éstos no cambian la esencia del establecimiento de la fuerza de cohesión social. No puede quedar establecida, y mucho menos puede perdurar, si no es a través del amor social.

Llena de vergüenza admitir que uno de los meritos más preciados que hemos perdido durante el exilio, el más importante de todos, es la pérdida de conciencia de la nacionalidad, el sentimiento natural que conecta y mantiene a todas y cada una de las naciones. Los hilos de amor que conectan a la nación, tan naturales y ancestrales en todas las naciones, se han corrompido y desprendido de nuestros corazones: han desaparecido.

Y lo que resulta aún peor es que lo poco que hemos conservado del amor nacional no se encuentra inculcado en nosotros de manera natural, como ocurre con las otras naciones. Más bien al contrario, se encuentra en nosotros basado en algo negativo: el sufrimiento común. Cada uno de nosotros sufre el hecho de ser un hijo de la nación, lo cual nos infunde una conciencia nacional y de proximidad. Somos compañeros de sufrimientos.

Se trata de una causa externa. Mientras que esta causa externa se unía y mezclaba con nuestra consciencia nacional, surgió un extraño tipo de amor nacional que desató esta mezcla innatural e incomprensible.

Y lo más importante es que resulta totalmente inadecuado para esta empresa. Su calidez únicamente sirve para generar un entusiasmo pasajero, carente del poder y la fuerza con la que podemos erigirnos en una nación que actúe. Esto es así porque una unión que viene dada por una causa externa no puede ser considerada una unión nacional.

En ese sentido, es como si fuéramos un montón de nueces, unidas en un solo cuerpo,  pero de manera externa, gracias a la bolsa que las envuelve y las conglomera. Su medida de unidad no las convierte en un cuerpo cohesionado, y cada movimiento efectuado en la bolsa produce en ellas tumulto y separación. Así, forman constantemente nuevas uniones y agrupaciones incompletas. Y todo porque carecen de unidad interna, toda su fuerza proviene de un incidente externo. A nosotros, esto nos resulta extremadamente doloroso.

De hecho, la llama del espíritu de nación hubo un tiempo que se encontró dentro de nosotros en toda su extensión, pero se ha debilitado y ahora está inactiva. Asimismo ha sido enormemente dañada por la mezcla que ha recibido proveniente del exterior, tal y como hemos mencionado. Sin embargo, esto no nos enriquece y la realidad es muy amarga.

La única esperanza es que establezcamos una educación totalmente nueva a nivel nacional, para ser así capaces de descubrir y de impulsar de nuevo este amor natural a la nación que se ha apagado en nosotros, dar un nuevo brío a esos músculos nacionales que durante dos mil años han estado inactivos en nosotros, empleando todos los medios a nuestro alcance con este objetivo en mente. Entonces descubriremos que tenemos una base natural a la par que consistente para reconstruir y perpetuar nuestra existencia como nación, calificada para  comportarse como todas las naciones en el mundo.

Hay una condición previa a cada empresa y cada acto. Porque en los comienzos, la base debe construirse con suficiente firmeza de modo que pueda sostener aquello que debe sustentar. Y es entonces cuando la construcción del edificio comienza. Ay de aquellos que edifican sin una base lo suficientemente sólida. No sólo no están construyendo nada, sino que, además, están poniendo en peligro su vida y la de aquellos que les rodean, pues el edificio caerá a la más mínima sacudida y sus partes irán despedidas en todas direcciones.

En este punto debo hacer hincapié en la ya mencionada educación nacional: aunque intente inculcar una gran cantidad de estima entre los individuos de la nación en particular y por toda la nación en general, en la mayor medida posible, en absoluto se trata de algo comparable al nacionalismo o al fascismo. Éstos son execrables a nuestros ojos, y mi conciencia está completamente libre de ellos. A pesar de la aparente similitud de las palabras en su superficialidad - pues el nacionalismo no es más que un amor excesivo a la nación - se encuentran muy alejadas en su esencia, tanto como lo blanco de lo negro.

Para poder percibir fácilmente la diferencia entre ellos debemos compararlos con las medidas de egoísmo y altruismo en el individuo. Como hemos dicho, el proceso de la nación es muy similar al proceso del individuo en todos los detalles particulares de cada uno. Esta es una clave a modo general con la que entender todas las leyes nacionales sin miedo a desviarnos, lo más mínimo, ni a la derecha ni a la izquierda.

Claramente, la medida del egoísmo inherente a cada criatura es una condición necesaria para la propia existencia de la misma. Sin ello, no podría ser un individuo diferenciado e independiente. Sin embargo, esto no debería anular la medida de altruismo en la persona. Únicamente es preciso establecer distintas divisiones entre ellos: la ley del egoísmo debe permanecer en toda su extensión pero en la medida que vaya dirigida a la existencia básica. Y todo lo que sobrepase esa cantidad, debe ir dirigido al bienestar del prójimo

Obviamente, todo aquel que actúe de esa manera debe ser considerado extremadamente altruista. Sin embargo, aquellos que renuncian a esa mínima parte que les corresponde en beneficio de los demás, poniendo en riesgo sus propias vidas, es considerado algo absolutamente antinatural y no tiene razón de ser, salvo una vez en la vida.

El egoísta en exceso, que no posee ningún tipo de consideración por los demás, es abominable a nuestros ojos. Y esta es la sustancia de la que están hechos los ladrones, asesinos y todos aquellos de baja procedencia. Ocurre algo parecido con el egoísmo y el altruismo nacional: el amor a la nación, debe estar presente en todos los individuos de la nación en una medida similar a la de ese egoísmo individual de las necesidades personales, en la justa cantidad para poder perpetuar la existencia de la nación como tal. Y el excedente de esa mínima medida puede dirigirse al bienestar de la humanidad, de toda ella, sin hacer distinciones entre pueblos y razas.

Por el contrario, sentimos un profundo rechazo por el egoísmo nacional desmedido que se da en las naciones que no sienten ninguna consideración por el bienestar de otros, aquellos que roban y asesinan a otras naciones buscando su satisfacción, algo que llamamos "nacionalismo". Así, aquellos que se alejan por completo del nacionalismo y se convierten al cosmopolitismo alegando motivos humanos y altruistas, están equivocándose esencialmente. Y todo ello porque el sentimiento nacional y el humanismo no son términos contradictorios.

Es por tanto evidente que el amor a la nación constituye la base de la misma, del mismo modo que el egoísmo es la base para todos los seres vivientes que existen de manera independiente. Sin él, no sería posible existir en el mundo. Análogamente, el amor nacional en los individuos de la nación es la base para la independencia de cada nación. Esta es la única razón por la que ésta continua existiendo o deja de hacerlo.

Es por ello que éste debería ser el principal interés a la hora del renacimiento de la nación. Este amor no se encuentra actualmente presente en nosotros, pues lo hemos perdido en nuestro deambular entre las naciones durante estos dos mil años atrás. Aquí sólo se han congregado individuos sin ningún vínculo de auténtico amor nacional. Hay una conexión a través de una lengua común, otra a través de la tierra que habitamos, una tercera a través de una religión que compartimos y una cuarta a través de una historia en común. Todos quieren vivir de acuerdo a cómo vivían en su nación de procedencia, y no han tomado en consideración que ya existía una nación basada en unos miembros autóctonos antes de que él o ella se uniera a ellos, y en cuya fundación no tomó parte activa.

Sin embargo, cuando una persona viene a Israel, no hay órdenes pre-establecidas que sirvan para que una nación funcione por sí sola, no tenemos otra sustancia nacional de cuya estructura podamos depender, algo que, por otro lado, no deseamos. Más bien debemos apoyarnos en nuestra propia estructura: ¿pero cómo hacer cuando aún no existe una conexión natural entre nosotros que nos una como nación para este propósito?

Estos vínculos inconsistentes - la lengua, la religión y la historia, que siendo valores de importancia y sin negar su relevancia nacional - se revelan totalmente insuficientes a la hora de proporcionar una base sólida que sostenga de manera independiente a la nación. Al final, lo único que tenemos es una congregación de extraños, descendientes de las culturas de setenta naciones, cada uno construyéndose una plataforma para sí mismo, un espíritu y unos gustos. Y no hay ningún aspecto esencial aquí que sirva para aglutinarnos en una sola masa.

Sé que todos nosotros únicamente tenemos una cosa en común: la huída del amargo exilio. Sin embargo, se trata sólo de una unión superficial, como la bolsa que mantiene a las nueces juntas. Por ello he defendido que necesitamos constituir un sistema educativo especial, dirigido a nosotros y que llegue a todos, inculcando en cada uno el amor a la nación, tanto de un individuo a otro como de los individuos hacia la totalidad, y así redescubrir ese amor nacional que se encuentra dentro de nosotros desde la época en que habitábamos nuestra tierra, una nación entre naciones.

Esta tarea se antepone a todas las demás porque, además de constituir la base, proporciona altura y éxito a todas las otras acciones que deseemos emprender en este sentido.

 

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