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En el principio creó Dios los cielos y la Tierra. La Tierra era caos
y vacío, y la oscuridad encima del abismo; y el espíritu de Dios
flotaba por encima de las aguas. Y dijo Dios: ‘Haya luz.’ Y hubo
luz.
(La Torá, El Pentateuco)
Imagina nuestro universo por un
momento: la inmensa cantidad de galaxias, estrellas y mundos. Ahora
imagina que eliminamos un fragmento específico del espacio. ¿Cómo
concebir el vacío restante si no hay nada que pueda medirse o
describirse? En realidad, interpretamos todos los fenómenos desde la
perspectiva de tiempo, espacio, y movimiento. No podemos visualizar
algo que sea absolutamente estático, congelado en el tiempo, sin
volumen. Esta es una analogía de nuestra percepción de los mundos
espirituales en donde no hay tiempo, movimiento, ni siquiera
espacio. Ya que nuestra realidad y pensamientos se basan en estos
conceptos físicos, resulta que no existe conexión alguna entre la
espiritualidad y la forma en que construimos la realidad material
basándonos en nuestras observaciones y sensaciones. Como resultado,
no tenemos las palabras, el vocabulario que nos permitan expresar
conceptos espirituales.
Así
es que si la Cabalá es el estudio de los mundos espirituales, ¿cómo
es posible que podamos disertar sobre algo que no podemos ni
imaginar? Si somos absolutamente incapaces de concebir la
espiritualidad, entonces, ¿cómo podemos entender lo que está escrito
en los libros cabalistas?
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